Terror costarricense: El banquete
- Daniel Lobo

- 12 nov 2024
- 8 Min. de lectura
Actualizado: 31 may 2025

Un escalofrío recorrió la espalda de Julián. Las copas de los árboles parecían estar en llamas, teñidas de dorado y rojo; la serenidad del paisaje contrastaba con la zozobra en su estómago. Llevaba cinco días ya, perdido entre los pliegues de la cordillera de Talamanca, sin poder encontrar una salida. El sudor le pegaba la camisa al pecho, la brisa helada le calaba hasta los huesos… otra noche se le venía encima.
Ahora sí la había cagado. Se permitió entrar en pánico solo por unos segundos, murmurando reproches en voz alta. Era lo único que podía hacer para no entregarse del todo a la desesperación. Llevaba años practicando senderismo y por lo general era muy cuidadoso: no salía solo, avisaba para dónde iba y cuándo volvía. Pero esta vez… el ego, la curiosidad, las ganas de explorar. Había ignorado esa voz en su cabeza —la de la precaución, la de la experiencia— esta vez, salió solo, convencido de que conocía la zona como la palma de su mano.
El plan era una o dos noches en el monte. Con la primera luz del segundo día, empezó a sentir que algo no andaba bien. Una inquietud que crecía con cada paso. No era la primera vez que se perdía, pero esto era distinto... El bosque parecía cerrarse a su alrededor, retorciéndose como una boa en torno a su presa.
Comenzó a seguir el trayecto del sol entre el dosel del bosque. Pero detrás de cada loma, tras cada vuelta del trillo, solo aparecía más montaña. Mapa, brújula y el GPS, le habían fallado. Ahora, los últimos rayos de luz morían sobre ese océano verde que se extendía hasta el horizonte. Tanta tecnología, para nada.
Racionando cuidadosamente las provisiones, se había ganado un par de días más. Pero el fantasma del hambre lo acechaba, y el frío ya calaba su determinación. Resignado, se dispuso a buscar un lugar seco donde pasar otra noche de mierda, atormentado por el aullido del viento y la cacofonía de bichos y sapos. Consciente de que, si no encontraba la salida al día siguiente, era probable que nunca lo hiciera.
Tiritando, cagado de frío, en un hueco entre las raíces podridas de un árbol, se metió en su saco de dormir. En la penumbra absoluta, los sonidos del bosque se colaban en su subconsciente: el crujir de una rama, el susurro de las hojas… traían imágenes de depredadores acechando en la oscuridad. Pero lo peor eran los ruidos de su estómago, que parecían responderle a las ranas que salían a cantar bajo la llovizna.
Cuando por fin empezaba a quedarse dormido, el sonido de voces lejanas irrumpió en sus sueños oscuros. Susurros, apenas perceptibles entre la caótica sinfonía del bosque. No era raro toparse gente en el bosque. Pero había que estar loco para salir a caminar en la oscuridad, entre la maraña de ramas y raíces; un paso en falso y podía irse de cabeza por un guindo.
Pasó un buen rato debatiendo qué hacer. Los únicos que se aventuraban a cruzar la montaña a oscuras eran los narcotraficantes y los coyotes que venían desde Panamá. Por un lado, los narcos no dudarían en pegarle un tiro y dejarlo para los zopilotes; por el otro, si no encontraba ayuda, un balazo sería mejor que morir lentamente de hambre o picado por una culebra.
Cerca de la medianoche, el viento y la llovizna amainaron, y un rayo de luna atravesó la copa de los árboles, iluminando tenuemente la entrada de su refugio improvisado, como anunciándole que era el momento de salir. En la repentina quietud de la noche, pudo escuchar con más claridad: no eran solo voces, sino también risas, murmullos festivos. La algarabía de una celebración que le invitaba.
Ignorando la protesta de sus músculos adoloridos, se levantó y empezó a caminar hacia las voces. Con costos había dado cinco pasos cuando se tropezó con un bejuco, que lo hizo caer dando tumbos hasta terminar en el cauce de una quebrada. Inmóvil, se aferró a la maleza para hacer un inventario mental de todo lo que le dolía. Después de unos minutos, solo escuchaba los latidos de su corazón y el murmullo del arroyo crecido.
Arrastrándose por la cuenca lodosa, volvió a escuchar las voces, ahora mucho más cercanas. Lentamente trepó por la hojarasca, empapado hasta los huesos. Aprovechando el cañón de la quebrada para acercarse sin ser visto, se escondió tras la raíz gigantesca de un ceibo.
Para su sorpresa, todos los sonidos del bosque se habían detenido. Un silencio denso lo envolvía. El vacío de sonido haciéndolo sentirse observado, como si todo ser viviente contuviera la respiración, a la expectativa de lo que iba a pasar. Entonces pudo distinguir que las voces no hablaban español ni ningún idioma que reconociera. ¿Cabécar? ¿Bribrí? Algún dialecto de la alta Talamanca que jamás había escuchado.
Asomándose, inmóvil entre la maleza, Julián fue testigo de una escena surrealista. Un rayo de luna se colaba entre los árboles, bañando en luz fantasmal a un grupo de hombres y mujeres reunidos en torno a una mesa de piedra enorme. Un de aura sublime de exuberancia emanaba de ellos. Un verdadero festín de los dioses, como salido de una pintura renacentista.
Entre el miedo y la fascinación, su mente luchaba por encontrarle sentido. ¿Estaba alucinando? Algunos llevaban atuendos ricamente decorados con plumas de colores y exquisitas piezas de jade, oro y piedras preciosas. ¿Un desfile de carnaval? ¿Una secta de millonarios excéntricos, tipo Bohemian Grove?
Era un encuentro de culturas: algunos vestían y se armaban como en el siglo XV, mientras otros lucían ropas de corte europeo, casi contemporáneo. Y, sin embargo, pese a hablar lenguas distintas, todos parecían entenderse de maravilla. Se reían con los chistes de los demás, y escuchaban atentos al que tomaba la palabra. Julián no comprendía nada, pero poco a poco, empezaba a sentirse borracho, intoxicado por lo anacrónico, y gloriosamente absurdo de la escena.
A la cabecera de la mesa, un hombre se erguía imponente por sobre los demás, sujetando una copa rebosante de vino oscuro como la sangre, que, con una risa profunda y desenfadada, derramaba generosamente en libaciones.
Vestía una piel de jaguar; las manchas doradas y negras cubrían sus amplios hombros, fundiéndose con su musculatura imponente. Su melena negra, gruesa y lustrosa, caía en una trenza que le llegaba hasta la cintura. La cabeza de la bestia le servía de capucha, y los colmillos enmarcaban un rostro curtido y sombrío. Debajo, sus ojos oscuros relucían con embriaguez, indiferentes al lujo o al refinamiento, entregados únicamente al ardor primitivo del festín. Sus carcajadas feroces parecían fundirse con el espíritu del gran felino.
¿Quién era aquel hombre? ¿Un cacique, el mismísimo Kukulkán? El miedo inicial de Julián dio paso a un asombro cercano a la veneración, que casi de inmediato se desvaneció al ver lo dispuesto sobre la mesa: manjares exquisitos, humeantes caldos espesos, pescados dorados en aceite, hogazas recién horneadas. En el lugar de honor, un venado asado a la perfección, rodeado de frutas suculentas y adornado con flores. Los aromas que se desprendían le hacían agua la boca.
Su estómago rugía tan fuerte que, por un momento, temió que pudieran escucharlo. El Cacique despedazó un pájaro enorme con sus poderosas manos, repartiendo las partes entre los demás, riendo sin dejar de masticar; la grasa le chorreaba por la barbilla. Una mujer voluptuosa se llevaba los bocados directamente de la mesa a la boca con un gesto casi lascivo, mientras el hombre a su lado se carcajeaba, agarrándose la panza con una mano. El tiempo pasaba, y aquel espectáculo obsceno de glotonería y despilfarro no daba señales de terminar. La comida parecía interminable.
La tentación de acercarse y rogar por un plato era casi irresistible. Pero las lanzas y cuchillos de obsidiana que centelleaban bajo la luz de la luna lo hicieron recapacitar. Nada bueno podía salir de interrumpir aquel banquete; lo más sensato era esperar a que se durmieran y tomar lo que pudiera. Era humanamente imposible que se comieran toda esa comida. O al menos eso creyó en ese momento.
Después de un rato empezó a darse cuenta de que los platos parecían nunca acabarse. Fascinado veía como la comida aparecía ante sus ojos, las copas nunca se vaciaban. Y algo más… Julián parpadeó varias veces, estaba agotado, y por un momento creyó estar soñando, pero no había duda: conforme avanzaba la noche, el banquete comenzaba a marchitarse. Las frutas, ennegrecían y se cubrían de moho; las carnes, rojas y jugosas, adquirían poco a poco un tono gris verdoso. Y en el plato del Cacique, ahora palpitaba algo como un corazón humano, negro y desecado.
Este lo alzó sobre su cabeza como un sacramento, y le hundió los dientes. Un chorro de sangre negra le corrió por los antebrazos. Nada de eso parecía afectar el apetito de los comensales, ni la voracidad con que se atiborraban. Seguían llenándose la boca de carne podrida y llena de gusanos, haciendo libaciones con copas colmadas de líquido oscuro y grumoso.
Ellos mismos comenzaban a cambiar. Jóvenes, llenos de vitalidad, ahora encorvaban sus espaldas; pechos prominentes colgaban hasta el vientre, y los músculos bronceados y relucientes de los guerreros se marchitaban bajo una piel pálida, casi traslúcida. Las carcajadas resonantes se habían vuelto berridos lúgubres, como de animales heridos.
Julián había perdido el apetito. No entendía qué carajo estaba pasando, solo sabía que no le convenía quedarse. Lentamente se puso de cuclillas, pero había estado inmóvil tanto tiempo que las piernas no le respondieron; tambaleándose, cayó de bruces en medio de la celebración.
Las carcajadas se detuvieron de inmediato. Inmóviles, los espectros lo observaban con ojos lechosos, desde cuencas hundidas en rostros demacrados. Bajo la piel de jaguar, dos tizones encendidos de furia lo miraban fijamente; la piel reseca estiraba las comisuras de su boca en una sonrisa macabra, llena de dientes quebrados y podridos. Las joyas de jade y oro tintineaban mientras se acercaba, extendiendo una mano esquelética.
—¡Mío, todo es mío! —declamó con voz ronca y entrecortada, en perfecto español.
Paralizado, Julián cerró los ojos, esperando el momento en que los dedos gélidos le apretaran la garganta. En lugar de eso, la cálida caricia de un rayo de sol le calentó la mejilla. Al escuchar el canto de los pájaros, abrió los ojos. Estaba solo, en un claro marchito en medio del bosque. De la mesa y los invitados a la cena fantasmal no quedaba rastro alguno. Poco a poco, el calor del día le fue devolviendo sus facultades. El aroma fresco del rocío, el murmullo del agua, y el canto de los pájaros, lo hicieron sentir como si despertara de una pesadilla.
Sin mucha esperanza, comenzó a bajar por el cauce de la quebrada, hasta llegar al punto donde esta se unía a un río que descendía plácidamente en medio del bosque. Renovado, se dio cuenta de que conocía el lugar. Había pasado por ahí muchas veces, camino a una catarata muy conocida. El alivio le recorrió el cuerpo de pies a cabeza, y por fin se permitió un momento para pensar en todo lo que había vivido la noche anterior, el recuerdo desvaneciéndose a la luz del día.
¿Estuvo delirando? Aún años después, no estaba seguro de que la experiencia hubiera sido del todo real. El recuerdo de la opulencia del banquete lo persigue. La codicia de los comensales corrompiéndolos, su abandono e indiferencia. Cada vez que piensa en ellos, una sensación de ser observado lo invade; y si cierra los ojos, aún puede verlos: los rostros demacrados, atiborrándose de cenizas y telarañas. Casi puede escuchar su voz. —¡Mío, todo es mío!






Comentarios